En Plan de Vuelo

Por Fabiola Lara García

 

En Europa hay temor tremendo a las redes elecciones, cuando de elecciones se tratan. La democracia europea se siente amenazada por ellas, ya que muchos europeos las responsabilizan del triunfo de Donald Trump. Ese temor se pudo sentir fuerte, muy fuerte en las elecciones alemanas del 2017, donde se exigían controles sobre las noticias falsas y los mensajes de odio.

El debate sobre el poder de las redes sociales para influir en una elección sigue vigente.

Hay quienes, como el New York Times, que creen que el gran poder de las redes sociales y las noticias falsas, es capaz de determinar el rumbo de una elección. Ese rotativo norteamericano fue el primer medio en acusar a la red social Facebook de la derrota de la demócrata Hillary Clinton en el 2016. Miles de noticias falsas fueron compartidas en los muros de los 156 millones de usuarios norteamericanos y se posicionaron como tendencia en su sistema de noticias.

Mark Zuckerberg, CEO de la compañía, quiso desestimar la acusación, indicando que las noticias falsas son apenas el 1 por ciento del total de información que circula en su red y le pareció “una locura” imaginar siquiera que Facebook pudiera afectar los resultados electorales. Pero un grupo de empleados suyos lo obligó a modificar su postura al revelar que emprenderán acciones internas para enfrentar el problema de las noticias falsas. Presionado por la denuncia, Facebook anunció que tomaría medidas contra las noticias falsas y comenzó con una muy seria: no hay más publicidad para sitios web que promuevan informaciones de este tipo, no tendrán página oficial en Facebook ni se beneficiarán del programa de publicidad compartida, justamente para lo que nacieron.

La acusación contra Facebook se basa en que al menos dos terceras partes de los 156 millones de usuarios estadounidenses obtienen principalmente de allí sus noticias. Incluso, más de la mitad ya no lee los periódicos.

Además, los usuarios ven un contenido condicionado por sus amigos y lo que estos comparten. Como estos suelen ser del mismo perfil ideológico, el usuario recibe solo textos que refuerzan sus creencias. Los críticos han descrito esto como una burbuja que impide recibir alternativas. Pero, cuidado, ¿no ocurría algo parecido antes? Las personas se suscribían a los diarios y revistas más próximos a su ideario.

Al menos eso argumentan los defensores de Facebook.

Si Facebook y Twitter pueden modificar una elección está por verse.

Lo que sí podemos comprobar es que p polarizan en exceso el debate, de cualquier tema; polítoco o no. Ahí está el caso de la película “Roma” del mexicano Alfonso Cuarón, que desató el debate durante días, sobre sí la película era buena o no.

El mundo se ha transformado, así como la forma de consumir información. Trump comprendió esto mejor que Hillary, sin duda. De hecho, durante el último mes de campaña en 2016, Trump realizó en promedio diez transmisiones en vivo en Facebook Live, en contraste con una diaria de la candidata demócrata. El republicano tuvo 119 millones de visualizaciones en vivo contra 31 millones de Clinton.

Es claro que la gente pasa hoy menos tiempo leyendo prensa y viendo televisión, y más tiempo navegando en internet.

Pero la ola de noticias falsas en las campañas políticas pone un par de puntos en favor de los medios tradicionales. Los editores suelen ofrecer puntos de vista diversos y se esfuerzan en asegurar la veracidad, en contraste con las redes sociales en las que circula todo tipo de información sin filtro alguno.

Sin duda alguna las redes ganan en audiencia, pero pierden en credibilidad.