Las campañas exitosas son aquellas que son capaces de conectar emocionalmente con el electorado y transmitir el mensaje del partido y sus candidatos a través de ese canal o vínculo.

Por norma general, los candidatos centran su estrategia en trabajar en mensajes cuya base sea la de los problemas que más preocupan a los votantes, dando prioridad a los mismos y ofreciendo soluciones, teóricas, pero al fin y al cabo soluciones, que puedan interiorizar los receptores del mensaje.

Matthew Carl Savage1 expone que los políticos que mejores resultados consiguen son aquellos que “tienen éxito en combinar la emoción y la razón y suelen hacerlo de acuerdo a una serie de pasos: presentar un tema emocionalmente convincente; proporcionar un contraste entre lo que debería ser y lo que está siendo o viene en camino; explicar cómo el problema se puede solucionar y terminar emocionalmente de manera convincente”.

Por su parte, Drew Westen señala que “un aspecto central del arte de la persuasión política está en crear y solidificar la activación de las redes que crean sentimientos principalmente positivos hacia su candidato o partido y sentimientos negativos hacia el oponente. Los políticos tienen que activar estas asociaciones de carga emocional que la gente tiene hacia su familia y su país, conectando con sus experiencias y mostrando cómo van a mejorar cada una de estos aspectos en sus vidas”. He aquí el quid de la cuestión.

Hoy fijamos nuestra mirada en la estrategia radicalmente opuesta, la de generar una conexión positiva entre candidato/partido y votante.

El político, tal y como señala Westen, debe trabajar sobre mensajes con una alta carga emocional, los cuales en muchas ocasiones giran en torno a la dicotomía del positivismo y el negativismo, es decir, entre la parte buena que estará vinculada al candidato “a” que es el transmisor del mensaje y la mala que es la que genera, según su propia voz, su oponente u oponentes. Si alguien ha seguido al pie de la letra este modus operandi en campaña electoral española, ese ha sido Pablo Iglesias, el líder de Podemos. Y si hay un ejemplo claro y patente de esta estrategia es el último minuto del debate que batió todos los récords de audiencia en nuestro país, el del 7-D.

Volviendo al electorado, sabemos que en muchas ocasiones la decisión del voto estará vinculada a asuntos que atañen directamente al bienestar personal, familiar y de la comunidad, o dicho de otra manera, a esos factores relacionados con la supervivencia y situados en nuestro cerebro reptiliano, impulsivo y que guía en muchas ocasiones nuestro comportamiento.

Por tanto, el votante suele hacerse una serie de preguntas tanto a nivel consciente como inconsciente y en las cuales los candidatos y partidos deben encajar y por tanto prestar atención. En palabras de Matthew Carl Savage, estas son:

  1. ¿Este candidato comparte mis valores y se preocupa por la gente como yo?
  2. ¿Puedo confiar en el/ellos para que me represente/n?
  3. ¿Tiene esta persona las cualidades correctas (honestidad, liderazgo, etc.) que le permitirán cumplir con las promesas relacionadas con las cosas que me importan?
  4. ¿Para un tema que me atañe puedo confiar en que esta persona tomará el tipo de decisión que probablemente tomaría yo si estuviera en su posición?

Por todo ello, el Neuromarketing Político debe ser el sustento a través del cual trabajar en todos estos aspectos de carácter emocional, ya que son ese tipo de conexiones las que decantan la balanza en política. Hoy más que nunca, los candidatos y partidos deben ser conscientes de que en el votante se despiertan una serie de sentimientos, en muchos casos encontrados, y cuya aclaración tendrá un gran peso en la decisión final de su voto y esto es algo que no se puede ni debe obviar.

 

POR MIODRAG BORGES