Inocencio y la habilidad de inventar a diario la verdad

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En Plan de Vuelo 

Por Fabiola Lara García

 

Inocencio fue un hombre inteligente y astuto que logró unir a la cristiandad en una sola Iglesia. Para lograr ese objetivo, utilizó todos los medios posibles; la herejía fue perseguida como nunca, asesinando a musulmanes, herejes y príncipes infieles. Sigue siendo una de las figuras más polémicas de la historia de la Iglesia Católica.

 

 

Logró la libertad de la Iglesia Católica, como su líder absoluto, de la invasión del Imperio germano. Era un personaje muy hábil. Logró convencer a la cristiandad de ser, no sólo el sucesor de San Pedro sino el representante de Jesucristo en la tierra.

 

Fue tanto el poder que concentró para consolidar a la Iglesia Católica, que esa fue su deblidad.

 

Este personaje convertido en el Papa Inocencio III llevó al abogado Gerardo Laveada a escribri la novela “El sueño de Inocencio”, que narra la vida de este sumo pontífice cuyo nombre era Lotario de Segni y fue un destacado estudiante de teología de la Universidad de Bolonia, Italia, quien cuestionaba (en plena era medieval) a su maestro, Huguccio de Pisa, ¿Quién era más poderoso, el Emperador o el Papa? Una pregunta difícil de contestar debido a que en ese tiempo el emperador Enrique VI había mandado asesinar al Papa Gregorio VII y la Iglesia Católica estaba a punto de ser absorbida por el Imperio germano.

 

Lotario, hijo de una familia acomodada, vivió su vida en un dilema: asumir el cargo como príncipe de la familia Segni o seguir con su carrera eclesiástica y entregarse por completo a la Iglesia y al Dios todopoderoso. Durante su vida como universitario conoce una hermosa y atractiva joven de nombre Bruna, la cual estaba vinculada a los llamados cátaros del sur de Francia, quienes eran considerados por la Iglesia como herejes. Lotario se enamoró de Bruna y con ella experimento los placeres de la vida terrenal. No obstante, hubo una ruptura de pareja luego de que Iglesia en su lucha contra la herejía arrasara con poblados y asesinara  a la familia de Bruna. No fue la única mujer en la vida de Lotario, también otra dama de nombre Otolina, tuvo su incidencia en su corazón y sus decisiones.

 

Lotario conoce a un monje de nombre Ángelo,  con el cual compartió vivencias en su formación como diácono, así como aventuras con mujeres. Ángelo tuvo una fuerte influencia en los pensamientos y acciones de Lotario.  Los textos de la Ética y la Metafísica de Aristóteles así como las Meditaciones de Marco Aurelio, que en ese tiempo eran prohibidas por la Iglesia, formaban el repertorio de textos clásicos de Ángelo, ávido lector de San Agustín. Sin embargo, luego de unos años Ángelo falleció a cusa de un ataque de un lobo durante sus recorridos por los bosques de Europa, pero su pensamiento y sus recuerdos quedaron para siempre en la mente de Lotario.

 

Pasaron los años y el Papa Clemente III; viejo, cansado y a punto de morir, veía como la Iglesia Católica perdía territorio e influencia en Europa y su capacidad de maniobra en la Guerra Santa en Medio Oriente. Era momento entonces de elegir a otro Papa. Mientras tanto, Lotario ya contaba con una experiencia como asesor del pontífice debido a sus vastos conocimientos, capacidad diplomática y de interlocución con otros principados. Estas cualidades, los buenos resultados obtenidos así como las aportaciones que la familia Segni otorgaba de manera permanente a la Santa Sede, fueron puntos a favor para que Lotario fuera tomado en cuenta como candidato a nuevo Papa.

 

Antes de morir, Clemente III encomienda a su sobrino (Lotario) la titánica tarea de salvar a la Iglesia Católica.

 

Lotario de Segni y Juan de Salerno son los candidatos que disputan el mando de la Santa Sede. La pregunta fue: ¿Cómo reconstruir la autoridad de la Iglesia? Y la mejor respuesta la tuvo Lotario: “la amenaza para la cristiandad no son los musulmanes o infieles, sino la ambición de los príncipes cristianos”. Con esta maniobra política y argumentativa, Lotario demostró a los obispos de todas las regiones de Europa que él cumplía a cabalidad con el perfil para ser el nuevo y se convirtió en Inocencio III, retomando la memoria histórica de sus antecesores pontífices  Inocencio I y II; y desde luego, como un homenaje a su amigo Ángelo recordando sus palabras:

 

“Inocencio. Es un nombre engañoso. Una careta de calidez. Además, el Papa que reinaba cuando Alarico saqueó Roma, cuando más desorden hubo en el mundo, se llamaba Inocencio. La Iglesia se desmoronaba, como ahora, y él consiguió que subsistiera a pesar de todo, que se fortaleciera ante el embate de sus enemigos… Me gusta lo que representa. Luego hubo otro Inocencio, igualmente astuto, pero menos espectacular, que se enfrentó a un nuevo cisma. Inocencio es un nombre que conjura la desunión.”

 

 

Ya como Inocencio tenía claro que “el Derecho se ha concebido para justificar las decisiones del más fuerte (…) y sólo es útil cuando las dos partes tienen la misma fuerza”, en este caso era necesario equilibrar la fuerza de la Iglesia con la del Imperio Germano. Para lograr este objetivo, Inocencio III hizo maniobras políticas e intervino en la elección de principados a favor de Roma, reformó  los Estatutos de la Iglesia; modificó el credo inculcando no sólo creer en un “solo Dios Padre Todo poderoso, creador del cielo y de la tierra sino de todo lo visible e invisible”, con el fin de acumular aliados para abrir frentes de guerra contra los cátaros, musulmanes y el desde luego, contra el emperador germano Felipe VII.

 

Según la interpretación que Inocencio hizo de San Agustín, el pontífice no violó  el quinto mandamiento: “No matarás” en las masacres realizadas en Laguedoc, región del sudeste de Francia, debido a que fue en nombre de Dios.

 

Además, Inocencio III “predicaba la existencia de un Dios, pero en la práctica necesitaba dos: uno para justificar el bien y otro –el demonio- para justificar el mal”.

 

 

 

Después de años de guerra contra los enemigos de la Iglesia, Inocencio logró recuperar los territorios de los estados pontificios y centralizar el poder en Roma. Pero su ambición de unir a las iglesias de Occidente y de Oriente, lo llevó a invadir Constantinopla, este hecho le trajo repercusiones y contradicciones entre sus aliados, quienes se sentían utilizados por la Iglesia y las maniobras del Obispo de Roma.

 

Así  comenzó la decadencia de Inocencio III, entre disputas de poder de sus allegados.

 

Viejo, cansado y enfermo, Inocencio III tenía alucinaciones y su conciencia no dejaba de recordarle la traición a sus ideales de joven universitario, pero sobre todo la traición a su entrañable amigo Ángelo, a quien juró luchar por un mundo mejor y más justo.  Inocencio III quiso “rectificar” el camino recorrido por la Iglesia y remendar los abusos y errores cometidos en nombre de Dios. Sin embargo, sus allegados  más cercanos encabezados por su sobrino Ugolino -un Obispo inteligente y astuto- consideraban que el Papa ya no podía seguir al frente de la Iglesia y era necesario preparar su relevo por sus incoherencias y alucinaciones.

 

Un día después de muchos años, inesperadamente volvió Bruna, la amante de juventud de Inocencio, ya no era la joven atractiva y hermosa, pero seguía  siendo la persona más crítica contra la Iglesia y las acciones de Inocencio. Luego de las reclamaciones al Papa, Bruna lo evenenó. El plan de su sobrino funcionó.

 

Ugolino, su sorbino, sucedió a su tío y estaba convencido de seguir con la lucha cristiana. Fue entonces cuando recordó las palabras de su tío: “la verdad como platicamos hace tanto tiempo no existe. Por eso tengo que inventarla todos los días para tantos desdichados. Ellos la necesitan para alcanzar la felicidad.”

 

Una historia medieval fascinante.

 

ESCALAS

  1. Desempolvemos historias como esta, plasmadas en novelas bien escritas y que no dejan de ser vigentes.