Un artículo publicado en la edición del diario español El País y reproducido por el periódico elPeriódico tiene el perogrullesco título de “Facebook y Twitter, ¿armas de manipulación política?

Lo es porque, según el Diccionario de la Lengua Española, “es una verdad o certeza que por notoriamente sabida, es necedad o simpleza decirla”. Muchas veces es imposible la presentación de una duda en elementos de pensamiento cuya lógica es desmesuradamente aplastante.

Se puede aceptar, eso sí, a esta realidad como un efecto no esperado de la invención de instrumentos de comunicación dirigidos a convertirse en transmisores de publicidad. Pero la realidad del mundo actual los ha convertido no solo en instrumentos de comunicación política, sino de manipulación.

Hechos como la participación de cuentas falsas ligadas de alguna manera a Moscú en el proceso previo a las elecciones estadounidenses anteriores y con ello a la victoria de Donald Trump, ya es motivo de investigación interna en Estados Unidos.

Según el artículo de El País, oficialmente ha sido admitido por Facebook haber aceptado cien mil dólares de anuncios pro-Trump, y ante el Senado, “que el alcance verdadero de las publicaciones de origen ruso alojadas en su plataforma alcanzaron a 126 millones de usuarios”.

Hay presiones para no ser afectados por la ley estadounidense encargada de obligar a los medios a ser transparentes cuando se les contrata propaganda electoral. Este caso es el más notorio, pero poca duda cabe de otros similares en diversos países.

Nunca he podido imaginar cómo personajes políticos de primer orden internacional debido a sus puestos, lanzan al mundo –literalmente— su reacción inmediata en unas cuantas palabras. Me parece ridículo y peligroso.

En el caso estadounidense, tanto Barack Obama como Donald Trump han utilizado esta forma de comunicación instantánea, cuyos textos pueden derrumbar políticas y posiciones diplomáticas cuidadosamente preparadas por expertos y conocedores de las consecuencias de cualquier desliz o reacción, a veces delirante, puesta al alcance de cientos de millones de personas de cualquier cultura, nivel educativo, tendencias y criterios. Causa preocupación cuando su fundador considera “una locura” y algo “extremadamente improbable” la influencia determinante en la victoria electoral trumpista del año pasado.

Visto de otra forma, una de las constantes históricas de la manipulación, ha sido intervenir en forma mañosa y astuta en la política y en la información al servicio de intereses específicos, casi nunca transparentes. Casi toda actitud relacionada con elecciones tiene alguna o varias de esas características.

A causa del corto tiempo del aparecimiento de esta forma de comunicación humana, ha llegado el momento de colocar límites. Esto no debe asustar a nadie porque no necesariamente significa crear leyes —cuyo parto también es muy complicado— sino también incluye la autorregulación o la creación de códigos deontológicos, es decir, leyes éticas aceptadas por voluntad. No hacer esto último abre la puerta a la manipulación política para explicar sus razones.

El efecto negativo multiplicador aumenta por culpa de quien recibe estos mensajes mentirosos con fines políticos, y casi sin leerlos los reenvía a una red de contactos y estos, también sin analizar, lo hacen con otros grupos.

Una de las maneras de contrarrestar esta mezclada avalancha de mensajes ridículos y cursis, pero muchas veces mezclados con perversas falsedades disfrazadas de afirmaciones, es convencer a los usuarios de colocarse en una posición a la defensiva antes de leerlos, si desean perder su tiempo, pero nunca reenviarlos.

Al hacerlo se convierten en tontos útiles o en cómplices. Esta descalificación no incluye, claro está, a los mensajes de las familias. La diferencia es clara: no tienen el objetivo de convencer de nada a nadie, sino de llevar alegría.

 

Publicado en Prensa Libre