Los sondeos de opinión, popularmente conocidos con el nombre genérico de “encuestas”, muestran un creciente protagonismo en los procesos electorales en todos los países regidos por sistemas democráticos.

Con el pasar del tiempo las encuestadoras y sus voceros se han convertido en actores indispensables del show electoral. La publicación de sus investigaciones sobre intención de voto es esperada por los círculos políticos, por los líderes de opinión y por los medios de comunicación, con anhelante expectativa.

La divulgación de encuestas opera en el contexto de la dramaturgia política como el séptimo velo que, una vez deshojado de la voluptuosidad propia de la competencia por el poder, nos muestra el abdomen plano o rollizo de la esquiva oferta del candidato que busca seducirnos. Esto supone que, de primera mano, el gran público elector nunca conocerá datos clave extraídos por la investigación cualitativa.

En una elección, a todos nos gusta conocer los datos, pero nos preocupamos mucho menos por conocer los porqués, y éste detalle permite que información relevante se mantenga oculta ante la gran masa de electores, y se convierta en un artículo de lujo para los equipos de campaña. Adicionalmente, cierta data difundida suele usarse como recurso estratégico para influenciar el criterio de muchos electores –sobre todo los indecisos- de un modo determinante.

Quizá debamos asumir que muchas encuestadoras a veces operan presionados por el legítimo interés de mantener su reputación pública y ser portadoras de primicias para la prensa adelantándose a su competencia, y sin duda, de su vivo interés por ser contratadas por los burós de campaña para proporcionarles sus servicios; algunos encuestadores con su reporte bajo el brazo, incluso dan el paso para convertirse en asesores políticos, cuando menos riesgoso para ellos sería que se limiten solamente a presentar sus recomendaciones al final de sus informes, y dejar las estrategias a los consultores, candidatos y equipos de campaña, con lo cual precautelarían la objetividad de su propia labor y su credibilidad.

Las encuestadoras tienen la obligación de garantizar que los procedimientos técnicos y el enfoque para la recogida, tabulación y presentación de resultados sean transparentes y no sesgados, pero para muchas personas el cumplimiento de esta condición es vista con reservas; los papelones de ciertos sondeos de opinión en no pocos países han abierto un comprensible escepticismo ciudadano sobre si se han originado únicamente en errores técnicos, y no como resultado de una participación interesada en la lid electoral.

La investigación es invaluable y obligatoria para una campaña exitosa y una asesoría responsable. No hay que desconfiar de las encuestas, simplemente hay que saber qué es lo que podemos y lo que no podemos esperar de ellas.

Por Gustavo Isch Garcés, comunicador social. Maestro en Ciencia Política y consultor político especialista en Diseño de Estrategias Electorales, Comunicación de Gobierno, y Gestión de la Comunicación en Escenarios de Crisis.