Imagen: Facebook de Gustavo Petro.

Washington, D.C.- Lo que parecía una cita destinada al desencuentro terminó en una inesperada luna de miel diplomática. Gustavo Petro y Donald Trump se reunieron en la Casa Blanca, sin pompa ni protocolo, y salieron de ahí como viejos conocidos que, tras años de insultos en redes, descubren que “hablando se entiende la gente”. Petro lo resumió con una frase digna de meme: “Me gustan los gringos francos”.

Durante más de dos horas, ambos presidentes dejaron atrás el guion de la confrontación y se dedicaron a intercambiar elogios y promesas de cooperación. Trump, siempre pragmático, celebró la “productiva” reunión y hasta se mostró dispuesto a colaborar en la lucha contra el narcotráfico y los grupos armados en Venezuela. Petro, por su parte, se ufanó de su récord en incautaciones de droga y hasta le entregó a Trump una lista de capos que, según él, viven más cómodos en Miami o Dubái que en Colombia.

El encuentro, celebrado en la más estricta discreción y sin honores de Estado, marca un giro radical tras meses de ataques mutuos, amenazas de sanciones y acusaciones de todo tipo. Ahora, ambos líderes presumen sintonía y hasta se lanzan invitaciones para futuras visitas. ¿El secreto? Dejar de boxear y sentarse a hablar, aunque sea para comparar estrategias de combate al narco: una “brutal” y otra “inteligente”, según Petro.

Pero no todo fue cordialidad. Petro aprovechó para marcar distancia sobre Venezuela y pedirle a Trump que medie en su conflicto con Ecuador, mientras el estadounidense insistía en su agenda de seguridad y sanciones. Aun así, la foto final es la de dos adversarios convertidos en aliados de ocasión, convencidos de que la diplomacia directa —y sin filtros— puede más que cualquier tuit incendiario.

En tiempos de desinformación y titulares explosivos, la reunión Petro-Trump demuestra que, a veces, la política internacional se resuelve con una charla franca y un apretón de manos. O, al menos, con la promesa de que la próxima pelea será en privado y no en Twitter.

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